Eran las 10:00 pm cuando ambos salieron para el edificio. Ese al cual los demás trabajadores se negaban a ir. Ese sitio tan misterioso.
Alberto y Camilo, los dos empleados de la universidad, solo querían cumplir con su labor; verificar y rescatar las máquinas que aún se pudieran reparar y poner en funcionamiento. Como lo habían hecho decenas de veces antes.
Había un solo guardía, viejo como el perro que lo acompañaba, cuidando el sitio. El vigilante, con ropa descolorida pero bien cuidada, espantaba el frío usando una ruana y quemando cigarrillos en su boca. Las colillas adornaban las plantas del lugar. El animal también había dejado decoración la cual Alberto se quitaba de las botas con una rama maldiciendo en baja voz.
Después de intercambiar palabras y rezongar un rato, el viejo les permitió acceder. Miraba de manera extraña a Alberto y no entendía porque venían tan tarde; a ellos les habían dado un ultimatum para realizar la tarea y no podía posponerse más, le explicó. Los dos voluntarios, nuevos ciertamente, subieron los diez pisos por las escaleras a falta de ascensor. Eran seis pisos de solo parqueaderos habitados por uno que otro carro lujoso abandonado a su suerte.
Apenas si había luz en las escaleras. Una de las máquinas estaba en el cuarto nivel. Con linterna en mano se dispusieron a buscarla. Ráfagas de viento provenientes de la montaña cercana que atravezaban el lugar, acallaban la respiración agitada de ambos. La noche estaba nublada pero la creciente se veía por una de las ventanas. Un escenario casi perfecto para que la señora muerte pasara a visitar, otra vez.
En un cuarto bajo llave, la cual ya oxidada se negaba a funcionar, se encontraba uno de los aparatos. Una presion de aire les arrojó un montón de plumas a los invasores. El suelo revestía más decoración para las botas de Alberto. Eran nidos abandonados para palomas. Camilo procedió a realizar la tarea encomendada mientras su compañero iluminaba y vigilaba. De pronto una sombra pasó tras de ellos. Al menos eso dijo quien cuidaba mientras acosaba a su compañero para que se apresurara. Camilo no se dejó contagiar de los nervios e invitó a su amigo a continuar más arriba.
Ya en el piso seis habían otras dos máquinas. La misma situación en ambas, un santuario de aves. Una de ellas yacía pudriéndose en el suelo. Se acercaba la media noche y faltaba revisar el piso ocho. Uno iba adelante subiendo los peldaños cuando vió de nuevo como una sombra huía del haz de su lámpara. Camilo se rió disimuladamente por el comportamiento temeroso de su amgo y lo convenció para terminar. Alberto se sintió incómodo al ver a su compañero burlándose de él. No quiso decirle sobre lo que había escuchado de sus otros compañeros de trabajo. Sobre los estudiantes que usaban el edificio para sus actos de suicidio. Ni quiso decirle sobre los ruidos de pasos de "nadie" que escuchaba siguiéndolos.
Este nivel ya no eran parqueaderos sino aulas abandonadas. Salones amplios en ambos costados y dos balcones en cada extremo opuesto. La oscuridad predominaba y tardaron con dar con el cuarto eléctrico, para nada, porque la llave de este no funcionó. Camilo decidió buscar algo para forzar la cerradura. Alberto esperaba mientras lo seguía desde su posición con su fiel linterna, cuando, de un momento a otro, ésta falló. Pasaron diez segundos -una eternidad para él- en lograr encenderla de nuevo y en redirigir la luz a su amigo, pero ya no lo vió. Lo llamó y buscó por todo el sitio en vano. Al sacar su celular se encontró con que no había señal. Estaba muy confundido y comenzaba a asustarse.
De repente escuchó ruidos como de muebles arrastrándose pisos arriba. Decidió entonces ignorar el miedo, subir a buscar a su compañero y golpearlo por abandonarlo sin avisar. Llegó al décimo. Mas salones, más frío, más oscuridad. Llamó de nuevo a su compañero, sin respuesta. Su teléfono aún sin señal. Pensó en bajar con el guardia y pedir ayuda cuando vió una luz en uno de los balcones. Fue rápido hacia ella, halló la linterna en el suelo y a Camilo parado en una de las barandas con su mirada vacía hacia la luna. Cuando le preguntó a que jugaba, éste se volteo a mirarlo y saltó. No pudo evitarlo.
Tardó un momento en asimilar lo que había pasado. Se asomó a ver donde había caído pero solo veía arbustos. Corriendo bajó las escaleras. Sentía pasos y sombras bajando con él, pero ya no le importaba, quería llegar con el guardia. El vigilante lo vió llegar pálido y sin aire. No entendía que quería buscar pero lo acompañó mientras el trabajador le contaba lo sucedido. Al terminar el relato éste se detuvo y se regresó a su puesto no sin antes decirle: -Le advertí que era muy estúpido venir a este sitio, a esta hora y peor aún, ¡SOLO!